Restaurante Solana (Cantabria, 2014)

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No es difícil entender, una vez vivida la experiencia, que Solana es uno de esos restaurantes que se deben tener bien en cuenta si se quiere disfrutar de una buena comida en un entorno incomparable. Ya hablaba en diciembre del año pasado de esta cocina pero una nueva visita hace que me sienta obligada a reafirmarme en mis palabras: me quito el sombrero ante Ignacio Solana y todo su equipo tanto de cocina como de sala, que han vuelto a conseguir que el menú que comí el pasado lunes pase a ser uno de los referentes del año. Su propuesta busca sin duda aunar la técnica con el producto, siendo este último el gran protagonismo, siempre de suprema calidad y en su carta se pueden encontrar desde los guisos y las croquetas de su madre hasta platos que apuestan por ingredientes menos utilizados y combinaciones más arriesgadas.

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Lo bueno de Solana, y algo que creo que debe remarcarse, es que hace tanto que disfrutes de un completo menú degustación como de cualquier plato de carta, a precios imbatibles para la calidad que se oferta, una lástima que haya que subir hasta la Bien Aparecida para hacerlo porque sino estoy convencida que sería el lugar en el que comería cada día; unos un buen plato de cuchara, otros pescado, también unas verduras del país o unos fantásticos huevos de corral, para gustos los colores.

En esta ocasión, y volviéndonos a dejar en las manos de Ignacio, sólo repetimos un plato de la última vez que había estado, y totalmente necesario porque ese tartar de salmón que aquí sirven es sublime.

Aperitivos

Empezamos con un rico chupito de salmorejo, una buenísima croqueta, de esas que lloran y están cremosísimas por dentro, y una versión de la tortilla de patatas para tomarse con los dedos de un solo bocado.

Pimiento y pochas

Sabía el cocinero mi predilección por la cuchara así que en esta ocasión sirvió unas pochas, solamente con verduritas, tiernas, cremosas, con sabor, para comerse una olla entera. Y siguió con lo que él llama caviar de Ampuero, que no es más que unos pimientos choriceros todavía verdes, que sólo se dan cuarenta días al año y que prepara ligeramente aderezados con una lámina de ajo y luego fritos; la piel se despega casi sola y su sabor sutil, medio dulzón, se convierte en pura mantequilla en la boca.

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“Entre Santoña y Laredo” es como llaman al agua de tomate que baña y enlaza unos boquerones en vinagre con un salado helado de anchoa que no lo resulta integrado en el plato sino que se equilibra añadiendo también el punto crujiente de la espina frita.

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El salpìcón de la huerta es un falso tomate que hacen con manteca de cacao y luego rellenan, en esta ocasión con una farsa de bogavante bien cremosa, y que acompañan con un poco de guacamole ligero sobre una hoja de shiso.

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Ya comentado el sensacional tartar de salmón que presentan utilizando el hielo seco sobre el que vierten sidra y coronan con un helado de pepino e hinojo, suavemente dulce, que contrasta de maravilla con el pescado, con tonos ahumados.

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Su versión del marmitako es una porción de bonito sobre una suavísima crema aderezada con cominos y terminada con unas ramas de salicornia, una hierba que crece en las marismas.

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También buenísima la merluza con consomé de cigala, que sabe de verdad, y gnocchis de patata, producto, esencia y sabor de verdad con un trato perfecto.

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De carne tomamos la costilla de cerdo lacada, perfectamente deshuesada, con un glaseado de chile chipotle a modo de salsa barbacoa.

postres

Tres fueron los postres, el primero un falso huevo frito que marida el coco con el mango pero sin ser excesivamente presente el primero ni demasiado dulce por lo que resulta una buena transición.Quizás el plato que menos me convenció fue el segundo postre de chocolate blanco, manzana y menta, puede que por demasiado empalagoso. Aunque esto mismo no pasó con la porción de la fabulosa tarta de queso, hecha en horno pero híper cremosa, con sabor ligero pero presente y un punto de dulzor nada agresivo que hacía que fuese toda una tentación.

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Con el café llegaron algunos petits entre los que destaco la gelatina de gin tonic, muy lograda, y una leche merengada que entra sola. Para beber, siempre un acierto el Riesling de Shoffitt que probé aquí en mi primera vez, por recomendación de Noelia, y que quise repetir, fantástico.

Poco más queda por decir de esta casa sólo que la visita anual se hace más que obligada y a todos vosotros os la más que aconsejo, porque es una apuesta segura.

Restaurante Solana

www.restaurantesolana.com

942-676718.

 

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