La caja verde y cambiar el chip

Era una mañana cualquiera, mi taza de café y sentada al ordenador. Está claro que hay días que las manos bailan al compás sobre el teclado y las historias fluyen, vuelan, funcionan. Aquel día estaba metida, muy metida en mi texto; no me quiero imaginar lo que debe ser escribir una novela. En el punto álgido de mi creatividad, en ese preciso momento donde ves que ese texto va a quedar de gustazo extremo, de los que leerías una y otra vez sonó el timbre. Fué tan sólo un segundo, un  momento en el que me sentí como Jack Nicholson en la película “Mejor imposible”, en ese momento donde él se encierra en su apartamento a escribir y le molestan una y otra vez con el dichoso timbre. El caso es que abrí la puerta, hay que decir que con mejor cara que el señor Nicholson,  y me encontré un repartidor, venía cansado, sudado e intuyo que hasta asqueado. “¿Es usted Ainara López?”, portaba una caja entre las manos y el resto de la conversación transcurrió entre balbuceos por la carencia de alegría que tenía este hombre. Firmé, cogí la caja y cerré la puerta.

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Me dirigí a la cocina, apoyé la caja sobre la mesa y fui a abrirla, todo presagiaba que era algo comestible porque mi perro Homer estaba a mis pies y no pretendía moverse. Abrí y me encontré una caja con una frase que decía: “¿Preparado para cambiar el chip?”. Venía muy a cuento con lo que estaba escribiendo, era como una señal que me decía que iba por el buen camino. Seguí abriendo aquella caja color verde, dentro un par de bolsas de unos snacks nuevos de Grefusa, unos snacks que tienen un 70% menos de grasa que las patatas fritas comunes.

Aquella frase me hizo pensar, rondaba mi cabeza buscando una respuesta. ¿Estamos preparados para cambiar el chip?, sonaba en mi cabeza como si no se fuera a ir hasta que encontrara la respuesta como llave de salida. Estaba escribiendo sobre la obesidad infantil, todo iba hilado. ¿Estamos preparados para cambiar el chip como padres y enseñar a comer a nuestros hijos? ¿Nos hemos acomodado o buscamos excusas para no involucrarnos en lo que deberíamos? No es fácil enseñar a los más peques a comer aunque os voy a decir que es totalmente recomendable meterse en harinas con ellos, contarles mil y una historias sobre los diferentes ingredientes que queramos que prueben. Una servidora ya es toda una experta en cuentacuentos alimentarios, sobre pequeños arbolitos mágicos (brócoli), las castañas de Indias que vinieron desde otros mundos (zanahorias) e incluso las narices de payaso que se perdieron en las galaxias (tomates).

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Ahora me encuentro que en esa dificultad, en esa película que es enseñar a los más pequeños a comer, Grefusa nos echa una mano para darles esos caprichos y que estos sean lo más saludables posibles. No sólo a los más pequeños claro está, los mayorcitos también nos gusta esto del picoteo. Unos snacks bajos en grasas, como dice su slogan: “más buenas que los pensamientos de Heidi” y con total seguridad pueden formar parte de ese compartir de fin de semana que hace que los días de fiesta sean diferentes.

Me gusta que haya alternativas, me gusta además que estas alternativas estén tan buenas. Muchas veces me da la sensación que los que intentamos hacerlo bien y comer sano la industria alimentaria nos lo pone difícil pero ya veo que unos cuantos vamos subidos en el  mismo carro. Picoteen agusto, pequen de vez en cuando pero no olviden que hay alternativas realmente buenas, tan buenas que si no te dicen nada no sabrías las calorías que te estás ahorrando. Disfruten de la vida,  compartan con los suyos y cambien el chip todas las veces que haga falta.

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