Restaurante Zara: El mejor sabor de Cuba en la Gran Vía Madrileña

Mi amiga Vicky es cubana. Bueno, en realidad es estadounidense pero nació en La Habana  y tuvo que salir de su tierra con sus padres y hermanos cuando a Fidel se le ocurrió hacer “la gracia” y empezar a despojar de sus bienes a un montón de personas que trabajaban y vivían en la isla y que tuvieron que salir con lo puesto para salvar sus vidas.

Todos los cubanos que conozco viven en una continua añoranza de lo que dejaron tras ellos: paisajes, amigos, costumbres, comida…

El otro día Vicky nos invitó  a Mar y a mí a comer en Zara, un restaurante que tiene a sus espaldas la friolera de 50 años sirviendo genuina cocina cubana en el corazón del Madrid castizo.

El Restaurante Zara (Barbieri, 8) empezó su andadura madrileña en 1964 en la calle Infantas, número 5, donde un matrimonio de cubanos, ella cocinera y él camarero y barman, ofrecían a la clientela madrileña de la época cocina tradicional cubana, tan rica como sencilla. Junto con El Centro Cubano, el antiguo Zara era el lugar de reunión de los muchos cubanos exiliados residentes en Madrid.

La cocina de Cuba es sabrosa y humilde, sin pretensiones. La gracia de sus abundantes platos es que están pensados para que, con una combinación de alimentos y de sabores, que pasaría el corte de los más estrictos seguidores de la dieta de la zona, el comensal termine la comida satisfecho y convenientemente nutrido, ya que cada plato lleva su dosis de hidratos -arroz, frijoles, plátano macho…-, su dosis de proteína -picadillo, pierna de cerdo, ropa vieja…- y su dosis de verdura -tomate, cebolla, aguacate, pimiento…- La verdad es que comer “a la cubana” es como volver al colegio o a la infancia familiar, cuando no teníamos problemas de engordes y nos encantaba comer moros y cristianos (arroz blanco con frijoles negros) o un mal llamado arroz a la cubana compuesto por un huevo frito con arroz blanco y un crujiente plátano frito, eso sí, en España siempre canario. Todo un placer para los sentidos y para nuestras hambres juveniles.

 

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Pues el otro día en Zara pudimos disfrutar de una rica comida que empezó, como no podía ser menos, por un refrescante Daiquirí que acompañaba a unas crujientes porciones de yuca con mojo. Tomamos también  ropa vieja (un guiso de morcillo deshilachado que se funde en la boca, acompañado por arroz blanco y tostones ( plátano macho frito). Tampoco nos quisimos perder la pierna asada de cerdo, deliciosa con sus frijoles negros.

El restaurante es pequeñito -conviene reservar- y su decoración conserva la gracia de esa precariedad que reinaba en el antiguo local de la calle Infantas, con sus característicos manteles de cuadros rojos y sus paredes encaladas. El servicio es impecable, atento y rápido.

 

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De postres pedimos unos cascos de guayaba con queso crema, otra delicadeza muy rica, aunque poco sutil. Nos quedamos con ganas de probar las mariquitas o el arroz con leche pero, la verdad, es que no podíamos tomar más comida sin sufrir las consecuencias.

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Comimos como reinas y tenemos que volver para seguir explorando los guisos heredados directamente del recetario de la abuela  Cándida, asturiana pasada por Cuba, que acabó en España y fue el alma del primer Zara, hace más de cincuenta años ya. Después de haber comido tan bien, no hay lugar para la nostalgia y sí para pensar en volver, que nos falta por probar los tamales, el picadillo o el coco con queso y el mango.

 

 

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