Bar La Casona, en Belén de la montaña

Parece mentira cómo han cambiado las cosas en cuarenta años de nada… No hace tanto tiempo, o al menos a mí así se me figura, que en todas las aldeas asturianas había una tienda que hacía las veces de bar, estanco, ultramarinos, mercería, droguería, ferretería y club social para los vecinos del lugar. Y, además, cocinaban. En todas esas tiendecitas de aldea lo mismo vendían un mango de madera para una guadaña que un mechero o unas zapatillas de pana. No faltaban los botes de Colacao o las latas de guisantes y el mostrador de madera que hacía las veces de barra de bar, estaba bien surtido de cervezas, Cocacolas (casi siempre era Pepsi) y de un recio vino de la casa, que no había quién tomara. Aunque tampoco importaba demasiado, siempre acabábamos mezclándolo con Casera en aquella bendita época de nuestras vidas en que éramos casi abstemios.

 Belen2   Saco a colación este rollo nostálgico porque esas tiendas de aldea tenían una importante función gastronómica en los veranos de mi juventud: Cuando, tras hacer una excursión por el monte o pasar el día en una playa perdida, se acababa llegando a una aldea que lo único que tenía era unas impresionantes vistas y una tienda/bar, los cansados excursionistas tomábamos posesión de las banquetas que solía haber en el soportal de la  tienda y preguntábamos a los encargados del negocio si nos podían preparar algo de comer. Enseguida se ponía en funcionamiento la maquinaria para hacer unas tortillas de patata o unos huevos fritos con picadillo. O, con suerte, te ofrecían una carne guisada o un arroz con leche que la dueña del negocio había preparado ese mismo día para la comida. Todo nos sabía a gloria, porque era  comida sencilla, estaba hecha con buena mano y porque los ingredientes utilizados eran de la mejor calidad, del propio corral o de la propia huerta del dueño de la tienda, sin otra certificación ecológica que la palabra del paisano. Cada vez quedan menos tiendas maravillosas como estas que describo. La civilización y las grandes superficies han acabado con la tienda de aldea, siempre de guardia y siempre surtida de los más variopintos objetos, que solucionaban la existencia de los vecinos y de los visitantes que  daban con sus huesos por su área de influencia. Y, por supuesto, de lo que sí que no queda ya nada de nada, es de  sufridas encargadas de esas tiendas que se presten a ponerse el mandil en un momento y meterse en la cocina para saciar el hambre de un grupo de excursionistas que tengan a bien aparecer por la zona. Ahora, en el mejor de los casos, el visitante de uno de esos establecimientos, es despachado con una bolsa de patatitas o una lata de aceitunas para acompañar la cerveza. ¡Daños colaterales del progreso! Pues en Belén de la Montaña, a sólo 17 kilómetros de Luarca, monte arriba, todavía queda uno de estos bares a la antigua usanza donde, eso sí, hay que llamar antes, te preparan una suculenta merienda o una comida o cena como las de antes. Hace unos días un grupo de amigos hicimos una excursión por los bellos parajes que rodean Belén, que parece mentira la paz que hay allí, tan cerca, por otro lado, del follón veraniego de Luarca. Después del paseo, pasamos al comedor de La Casona donde pudimos disfrutar de una cena de aldea  como las de antes: tortillas, carne guisada con patatas, surtido de embutidos de la zona -no exactamente ibéricos- pero muy ricos-, quesos y ensalada. De postre, tarta de queso o requesón.   Belen1   La verdad es que estaba todo muy bueno. No esperábamos sofisticaciones y, desde luego, no las tuvimos, pero fue una de las cenas más apetecibles de estas vacaciones.

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