Restaurante La Panamericana

Ya había hablado aquí en otra ocasión  del restaurante La Panamericana  (Antonio Pérez, 26). Saltándome la costumbre de no repetir sitio, que parecería que me esponsorizan y, ojalá, no es el caso, voy a comentar la cena que tuvimos allí el otro días. No sólo lo pasamos estupendamente -cosa nuestra- sino que cenamos -cosa del restaurante- de maravilla.

Resulta que el listo de mi hijo Ignacio decidió hacer en su casa una comida de primos, en la que pretendía reunir a sus primos de una cierta edad que se encontraran en Madrid. También estábamos convocadas algunas “de oyentes”, como una servidora, las tía de “verdad”, Eugenia y Pachi. y la “tía postiza”, Vicky. El plan debía de ser inmejorable porque creo que Ignacio, cuando se pone a ello, organiza muy buenas reuniones en su casa, aunque, como es natural, no suele invitar a su mamá). La convocatoria, por “h” o por “b” no acababa de cuajar, con lo cual, Tía Pachi tomó  el relevo y nos convocó a una cena en La Panamericana,  un restaurante de cocina fusión muy seria, servida de un modo muy divertido y ocurrente. Empezamos la cena con un chocolate con churros, plato de aperitivo en el que nada es lo que parece (churros de maíz rellenos de crema de queso y chocholate de puré de frijoles), seguimos con un bloody Mary que es una forma de llamar a un ceviche de corvina con su leche de tigre, eso sí, con vodka. Estos dos platos siguen siendo todo un festín para los sentidos y una simpática camarera los ofrece y los sirve creando todo un espectáculo.

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Tomamos también una causa cuzqueña que, aunque para mí gusto, no es tan rica como la limeña, que se peguen ellos por decidir cual es la mejor de las dos, porque ésta también estaba muy buena.

 

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Tomamos unos cucuruchos de maíz de algún rico platillo peruanos (yo tomé el de ají de gallina, que estaba buenísimo y que creo que es una idea muy buena para probar un poco de cada plato, sin llenarte demasiado.

Para que la tropa no se fuera a casa con el estómago vacío, pedimos también un lomo salteado, con unos tallarines hechos allí mismo y acabados de cocinar en el cuenco de piedra volcánica.

Para terminar esta suculenta cena nos invitaron a “darnos un par de hostias”, gracia que siempre hacen y que aconsejo aceptar porque se trata  de un para de bocaditos de oblea y dulce de leche, que se comen sin sentir y que son el broche de oro de la original comida de calidad de este restaurante. Pues, ¡que viva la Tía Pachi!

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