Este truco me lo dio hace mucho Maria Jesús -mi suegra- y la verdad es que es bastante socorrido. Se trata de, a la vez que se cuecen en la olla las judías para hacer unas judías verdes, se pueden cocer unas patatas enteras y unas zanahorias, también enteras para, una vez cocinas y rescatadas, hacer una ensaladilla rusa. El caldo de cocer las verduras se guarda y puede constituir un caldo estupendo para hacer un arroz o una paella, o tomarlo sólo, bien calentito en plan consomé, para complementar una cena de invierno. O sea, que a la vez que hacemos las judías verdes, estamos sentando las bases para hacer también, con toda comodidad, otros dos platos. Un ingenioso 3×1.
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La pasta está buena con casi cualquier cosa. En Italia se come pasta a diario y rara vez repiten receta. Es cuestión de echarle un poco de imaginación y en poco tiempo, con los ingredientes que tengamos a mano, podremos preparar un sabroso y nutritivo plato único.
Los ingredientes de esta receta son salmón, cebolla, zumo de limón y nata líquida. Y unos buenos tallarines, claro. Aunque la pasta fresca está muchísimo mejor, con unos simples tagliatelle de Barilla, os aseguro que sale un plato espectacular. El secreto es cocinarlos al dente y comerlos a continuación. No como los solemos hacer los españoles: pasadísimos de punto.
En la receta he puesto cantidades aproximadas para una persona. Ya veréis que ricos y que aromáticos por el sabor del limón.
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Ya sé lo riquísima que es una buena sopa de pescado hecha con su caldo de pescado de verdad, sus trocitos de pescado fresco y sus gambitas cariñosamente peladas a mano Pero como me decía la madre de una amiga un día, al darme la receta de una Boullabaisse simplificada que hacía ella: “el fumet, cuanto mejor sea el pescado y más reducido el caldo, mejor, pero si no tenemos un buen fumet de pescado a mano, también vale hacer la sopa con una pastilla de caldo de pescado”. Y a ella la falsa boullabaise le salía estupenda.
Pues yo he descubierto que, usando un par de productos de La Sirena: la tarrina de sofrito de pescado y la bolsa de medio kg de preparado para sopa de pescado y marisco, añadiéndole un poco de mantequilla y harina para hacer un roux, unpoco de nata y una pizca de picante, sale una sopa de pescado, con cuerpo, sabor y sustancia, que quita el hipo. Y en un momentín.
Además, podemos echar a volar la imaginación y sobre esta base hacer variaciones añadiendo cognac, curry, nata líquida, salsa perrins, cebolleta o cilantro. Pero no todo a la vez, ¿eh?
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Hay platos que son estacionales, como el paro registrado o los ingresos por turismo (Perdón, pero la economista que llevo dentro, aunque adormilada, todavía da la lata de vez en cuando). Pues eso digo, que hay platos de los que no nos acordamos en todo el año más que cuando el calendario nos lo marca. Al llegar la época de las torrijas, de los buñuelos de viento o del pollo relleno, me acuerdo de esos platos y los hago, sin que “el pronto” vuelva a repetirse luego a lo largo del resto del año, siendo todos ellos, como son, muy dignos de tenerlos en cuenta en muchas más ocasiones.
Eso mismo le pasa al potaje de vigilia (es un nombre precioso para camuflar que en realidad se trata de un simple pote de garbanzos al que se le añaden espinacas, bacalao y huevo duro). Es una comida muy sana, económica y sabrosa que no sé yo porqué no se me ocurre más a menudo cocinarla. Otra manía que habrá que corregir.
El potaje de vigilia, si se le da el punto, puede llegar a ser un manjar. En Valladolid, en el Restaurante Santi (Caballo de Troya), hacen un potaje que te dan ganas de no comer otra cosa (luego ves todas las exquisiteces que tienen en la carta y ¡ya lo creo que pides otras cosas!
La receta del potaje de vigilia es muy sencilla.
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A mí la cocina tradicional portuguesa me encanta y, aunque no es un plato muy sofisticado, no me puedo resistir a pedir un bacalao dorado si tengo la suerte de ir por el país vecino o si voy a cenar a algún restaurante portugués. En Madrid, me gusta mucho Tras os Montes (Senda del Infante, 28, en Montecarmelo).
Tras Os Montes es un restaurante de estética muy típica portuguesa: mucho azulejo, mucha madera oscura y mucho cacharrito de colorines de adorno. Vamos, que siendo un buenísimo restaurante, con un servicio atento y profesional y unas salas espaciosas, el estilismo está hecho por sus mismísimos enemigos.
Sabiendo que a Tras os Montes no vamos a copiar ideas para redecorar la vida, asumimos que la decoración del local nos agobia un poco y nos centramos en las ricas, variadas y copiosas alternativas que ofrece su carta.
Presumen de tener más de veinte platos distintos de bacalao entre sus especialidades. Desde luego, los que yo he probado están excelentes, aunque como el bacalhao dourado, me gusta tantísimo, casi siempre me empeño en pedirlo, bien como mi segundo plato, bien para compartir con el resto de comensales como entrada. No en vano el bacalao dorado de Tras os Montes obtuvo el premio al mejor bacalao dorado de Madrid, en 2004. Este sencillo guiso portugés, es propio de una cocina que hace de la necesidad, virtud. Parece mentira que con unos ingredientes tan pobres -huevos, cebollas, patatas y unas briznas de bacalao desmigado- pueda obtenerse este plato tan delicioso.
De Tras os Montes me gusta mucho también el caldo verde, una especie de caldo gallego, hecho una col verde rizada y patatas, pero sin el característico sabor del unto. Está muy rica y es una de las mil y una recetas de sopas que tienen los portugueses, muy aficionados a las sopas contundentes.
Otra rutina que no perdono en Tras os Montes, es acabar la comida con un par de pasteles de nata o pasteles de Belén. Son unas tartaletas hechas de una pasta muy fina y rellenas de una crema de huevos y leche. Están estupendas y en la confiteria Casa Pastéis de Belén los vienen sirviendo desde 1820, acompañándolos con azúcar glass y canela en polvo. Hace poco me trajo mi hermana Pachi una cajita con una docena de pasteles de nata de Belén y en casa hubo “sus más y sus menos” a la hora de repartirlos.
Pues me estoy yendo del tema, que debo recordar que era el bacalao dorado y su receta. Diré que hacer un buen bacalao dorado no es muy complicado, aunque sí es laborioso porque hay que freir muchas patatas paja y eso lleva su tiempo.
Como resulta que exiten en el mercado unas bolsas de patatas paja ya fritas que, si son de una buena marca -Añavieja, por ejemplo, lo es- permiten hacer un bacalao dorado express de chuparse los dedos y en un tiempo record. la receta es muy sencilla
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Una receta fácil de las que tanto nos gustan. Aunque rellenar los pimientos del piquillo es un poco entretenido porque es mejor que sean pequeñitos, por lo demás, es coser y cantar.
Previamente nos hemos agenciado una morcilla de Burgos de buena calidad, un puñado de piñones, pelados, un par de latas de pimientos del piquillo listos para rellenar y un tetrabrick de nata o de besamel, según lo que nos guste más. En una media hora tendremos un plato muy resultón que lo mismo sirve para presentar en una cena informal de muchas cosas de picar, para segundo plato de una comida normal o incluso de plato único, acompañado de una buena ensalada. Muy sencillo y muy sabroso.
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Normalmente suelo hacer las lentejas viudas. O sea, sólo con verduras. Salen muy buenas y son muy digestivas. Como de vez en cuando está bien variar por aquello de que nos cansamos de todo, algunas veces hago las lentejas con morcilla de Burgos. Es una receta de lentejas, fácil, no: lo siguiente, como dicen ahora entre la juventud)
La gracia de estas lentejas es que la morcilla se deshace en el caldo de las lentejas y no se nota, pero le da al guiso su característico y rico sabor.
Yo suelo poner una morcilla de cebolla, pero con la de arroz tampoco están nada mal las lentejas. Más suaves pero también muy ricas.
Como se ve, es básicamente la receta de unas lentejas estofadas con verdura a las que se le añade una morcilla de Burgos -de cebolla o de arroz, como se quiera- a la hora de ponerlas a cocer. Facilísimo.
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Esta receta de ensaladilla rusa me la dio hace unos años mi amigo Pablo, que siempre me daba unas recetas muy fáciles de hacer y riquísimas de comer.
Con el comienzo de la “temporada escolar”, después de las vacaciones, he empezado a impartir unas clases de cocina dirigidas a gente con inquietudes culinarias pero que que no tiene ni el tiempo ni los conocimientos suficientes para realizar esta actividad.
La idea surgió charlando con Hugo y David Samper, de Estudio Funciona (López de Hoyos 188, Madrid), cuando -de una forma estupenda, todo hay que decirlo- me reformaron, hace unos meses, mi otrora antediluviana cocina.
Ni que decir tiene que estoy encantada con el cambio, tanto que ahora paso mucho más tiempo en la cocina que en otras habitaciones de la casa.
Pues el curso, que llamamos cariñosamente “cocina para ineptos“, está dirigido a tanta gente joven que, por motivos profesionales, no tiene tiempo para prepararse una comida o cena decente y que acaba echando mano de la consabida “comida basura” o tirando de restaurante o bocata, según sus preferencias o capacidad económica.
El resultado de esta rutina de tanta y tanta gente con horarios de trabajo interminables que viven solos o en pareja con idénticas circunstancias laborales que ellos, es que la dieta que ingieren es mala en cuanto a factores nutricionales, cara y aburrida.
Pues con estos cursos pretendemos enseñar recetas fáciles, imaginativas, sabrosas y sanas, para que tanta gente que nunca ha entrado en la cocina por falta de tiempo o de ganas, se anime a hacerlo. Comprobarán que cocinar cosas sencillas no sólo no es difícil sino que es muy fácil y entretenido.
Esperemos que en pocas lecciones estos “ineptos -esto es un guiño a los manuales anglosajones de diversos temas -informática, matemáticas,astronomía….”for dummies” (o sea, matemáticas, informática o lo que sea, explicado muy sencillo, como para que lo entienda todo el mundo).
Pues en la primera sesión he preparado una receta de ensaladilla rusa que llamamos ensaladilla expres ya que se tarda cinco minutos en hacer y que resulta muy muy buena, casi tanto como la de la mamá de cada cual.
Se trata de abrir un par de botes y, con unos pequeños “truquis”, conseguir el resultado similar al de haber estado cociendo la verdura por separado alrededor de dos horitas. Bueno, a mí y a mis alumnos así nos lo parece.
Además, si os animáis a hacerla, lo más que vais a perder es cinco minutos de vuestro tiempo.
Suerte!
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A mí lo del nombre de “carne gobernada” que es como llaman en Asturias a lo que, más o menos, en el resto del mundo llamamos ragout de ternera, siempre me ha encantado. Es un nombre tradicional y poético para un guiso que debe ser tan antiguo como el mundo.
En realidad se trata de un estofado de carne -puede ser de ternera o de vaca un poco más “viejuna”, pero en definitiva se trata de un estofado en el que se ponen todos los ingredientes a cocer en crudo cubiertos con la cantidad justa de agua para dejar que se vayan haciendo lentamente. Poco más.
La verdad es que más fácil imposible y más rico, tampoco.
La gracia del plato es que la carne sea tierna, esté cortada en trocitos y limpia de nervios y ternillas. Se le añaden unos guisantes de lata -no sé porqué pero yo es para el único plato que los uso así envasados-, unas patatas en cuadraditos , unos trocitos de zanahoria y a cocer despacio hasta que todo esté tierno y el caldo ligado.
Yo voy a dar la receta que hago en la olla a presión porque es un poco más rápido y, sobre todo, te desentiendes de andar vigilando el puchero toda la mañana.
El ragout que yo hago lleva mayor cantidad de verduras y las patatas van fritas previamente a añadirlas al guiso. Está también riquísimo pero es algo más engorroso de hacer y resulta un poco más pesado de digerir.
A mí me gusta hacer carne gobernada cuando empieza la temporada digamos de “la vuelta al cole” (En mi casa ya no están en edad de cole ni Betel y Trix -las perritas-). Es una comida que se mantiene muy bien durante bastante tiempo y que se puede ir calentando según vayan llegando a comer los miembros de la familia del trabajo, el colegio o la universidad. En un momento se sirve en la mesa y no hay que estar con frituras de última hora.
Este verano, Paloma nos ha preparado este plato muchas veces y la verdad es que le sale riquísimo. Ella es la que me ha explicado las diferencias de matices entre la carne guisada, el estofado de ternera, el ragout y la famosa carne gobernada. Esta chica tiene una cultura culinaria que para mí la quisiera.
A ver qué os parece esta receta y,si no la conocéis, ya veréis cómo de ahora en adelante vais a echar mano de ella muchas veces.
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Resulta que el otro día mi hijo Ignacio, ya independizado desde hace algún tiempo, me comentó que él hacía muchas veces en su casa “…esa ensalada tan rica que haces tú“.
Me resulta curioso que con la cantidad de recetas que he ido cocinando a lo largo de mi vida, mi hijo mayor me tenga identificada con un plato que es poco más que abrir una bolsa de ensalada. En fin, es lo que hay.
La ensalada en cuestión sí que es verdad que sale muy rica y gusta a todo el mundo, hasta a los menos partidarios de las costumbres herbívoras. Consiste en una ensalada verde (de bolsa o no) a la que se le pone por encima unos langostinos cocidos, unos trozos grandes de kiwi y un poquito de naranja. El aliño, con un poco de zumo de naranja, le da un toque muy fresco.
Ensalada de langostinos y kiwi
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