Desde la ventana de la habitación de la primera planta del hospital se veía una frutería, situada justo en la acera de enfrente. Las cajas repletas de cerezas se asomaban a la puerta del diminuto establecimiento y los pequeños frutos amenazaban con caer al suelo.
Acababa de nacer mi hija y yo solo pensaba en lo bonita que era, pero al mismo tiempo no podía evitar que mi mirada se dirigiera cada pocos minutos hacia aquella frutería. Estábamos casi a mediados de mayo, justo la época en que los cerezos, ya desprovistos de sus preciosas flores blancas, empiezan a dar sus frutos. Las cajas repletas de cerezas que asomaban a la puerta de la tienda eran una verdadera tentación, y yo sucumbí, siendo como son las cerezas una de mis frutas preferidas. Con la excusa de un “antojo postparto”, logré que mi marido fuese a comprar unas cuantas. Al principio, él rechistó porque la enfermera había dejado bien claro que no podía comer nada. Yo insistí y al final logré comerme las cerezas, que me sentaron estupendamente. Por cierto, la enfermera casi me pilla.
RICAS Y SANAS, ¿SE PUEDE PEDIR MÁS?
Por su carne jugosa, dulce, deliciosa… se suelen tomar tal cual, sin más “adornos”, no los necesitan. Sin embargo, si se decide añadirlas a cualquier receta, dulce o salada, aportarán un bonito toque de color y tienen la ventaja de que absorben muy bien los sabores.
Actualmente, existen unas 15.000 variedades de cerezas y cada año surgen nuevas, aunque solo unas pocas suelen comercializarse. Además de destacar su delicioso sabor, no hay que olvidar sus numerosas propiedades: mejoran la circulación; aumentan nuestras defensas; previenen la anemia, la osteoporosis e incluso el cáncer, y también destacan por su efecto depurativo (evitan la retención de líquidos y el estreñimiento).
Como soy fan declarada de las cerezas, no puedo ser imparcial, pero esta receta estoy segura de que os encantará:
FALSO TIRAMISÚ DE CEREZAS
Ingredientes:
Deshuesar las cerezas y ponerlas a cocer con el azúcar y el licor durante 10 minutos. Escurrirlas y reservarlas. Dejar reducir el líquido de cocción hasta que tenga la consistencia de un almíbar.
Batir los yogures con el azúcar glas y mojar los bizcochos en el almíbar. Poner la mitad de los bizcochos en el fondo de un molde unos al lado de otros. Colocar encima las cerezas (reservar unas cuantas). Cubrir con la mitad del yogur y colocar encima el resto de los bizcochos. Luego, verter el resto del yogur y acabar con una capa de cerezas. Dejar enfriar en la nevera un par de horas.
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Cuenta una leyenda que el queso fue descubierto por un mercader árabe que, como debía realizar un largo trayecto por el desierto, guardó la leche en recipientes hechos con el estómago de un cordero. Cuando fue a consumirla, en lugar de la leche, se encontró con que las elevadas temperaturas del desierto y el cuajo del estómago del animal habían dado como resultado una pasta grumosa, que resultó ser exquisita.
Yo descubrí esa exquisitez más bien tarde. De niña su intenso olor me producía rechazo, así que durante años fui incapaz de probarlo. Un buen día, pasados los 20, decidí “arriesgarme”: empecé por los quesos de sabor más suave y, para mi sorpresa, me encantaron. A partir de entonces, tenedor y cuchillo en mano, me decidí a conocer el maravilloso y extenso universo de los quesos. Ya había “perdido” demasiado tiempo y había tantas variedades, formas y sabores que cada día se podría tomar uno distinto: en nuestro país existen más de 100 quesos, pero en Francia hay unos 360 (o sea, uno para cada día del año).
UN BUEN PRINCIPIO Y UN MEJOR FINAL
Paul Bocuse, considerado como el mejor chef de Francia, afirmaba que “el queso es un mal final para una buena comida y un buen final para una mala comida”. En mi opinión, y con todos mis respetos hacia el señor Bocuse, el queso es una buena manera de empezar una comida y también de acabarla, todo depende del queso elegido y del menú.
Si se van a tomar varios quesos a la vez, también hay opiniones diversas sobre el orden que debe seguirse: los expertos aconsejan ir de menor a mayor intensidad de sabor, es decir, empezar por los frescos para acabar con los curados, pero hay quien prefiere primero los más fuertes y luego los frescos, en este último grupo me incluyo. Los más suaves suelo acompañarlos con miel artesana de romero, lavanda o azahar (de sabor más suave y fino que otras) o un poco de mermelada casera (recomiendo la de pera –en el próximo post incluiré la receta–). De una u otra forma, lo más importante es disfrutar y para ello ahí va un menú con el queso como ingrediente* protagonista:
DE PRIMERO: Trigueros con Parmesano
Lava los espárragos y sécalos bien. Corta la base de los espárragos y cocínalos a la plancha con un poco de aceite de oliva. Sirve los espárragos en los platos, ralla unas láminas de Parmesano encima y termina con unas escamas de sal Maldon.
PARA CONTINUAR: Rollitos de tortilla con jamón y queso
Y DE POSTRE: Flan de queso
Pon al fuego una sartén antiadherente. Cuando esté bien caliente, añade 4 cucharadas de azúcar y deja al fuego hasta que empiece a tomar color y caramelice. Vierte el caramelo en un molde de forma que cubra todo el fondo. Pon los huevos y el azúcar en un bol. Bate y agrega la nata y el queso. Mezcla bien y vierte en el molde. Introduce en el horno al baño María a 180ºC y deja cocer aproximadamente 40 minutos. Deja enfriar y desmolda con cuidado.
* El queso como ingrediente debe usarse con moderación y tratarse con cuidado: se debe rallar en el mismo momento en que vaya a utilizarse; no someterlo a altas temperaturas, ya que pierde suavidad y consistencia; y si es fresco debe guardarse en la nevera y consumirse cuanto antes.
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