Güeyu Mar, una brasa de gloria. (Asturias, 2014)

Playa de Vega – Foto de www.gueyumar.es

Muchas veces nos cuestionamos dónde están los parámetros que determinan una buena o mala experiencia delante de una mesa. Nos complicamos introduciendo símbolos que no son más que meras decoraciones haciendo de antesala a lo que realmente se tiene que disfrutar y en muchas ocasiones eso nos hace olvidarnos de cuál es la verdadera esencia del placer de comer. No seré yo, obviamente, quien vaya a desvelarles los entresijos de esa fina línea que separa una comida gloriosa de una simplemente buena o que diferencia la mediocridad de la corrección, pero sí puedo decir que, para mí, no habrá mejor plato que el que me haga sonreír y chuparme los dedos, ese que coja con las manos sin problema o que consiga que me termine mi chusco de pan mojando en él. Esos son los platos que quedan en la memoria y que recuerdas tiempo después sin necesidad de ir a indagar en el archivo de los restaurantes que has visitado y es que son su intensidad sápida, su equilibrio, su sutileza, sus matices y su redondez los que llevan a su perfección. Y no es que cualquier preparación de alta cocina vaya a situarse en este pódium, aquí hay también espacio para esas piezas de carne a la parrilla que quitan el hipo o para cualquier sartén de huevos estrellados que te haga suspirar; y es ahí donde nace la pericia del cocinero y lo que diferencia el sexto sentido de los grandes de los que simplemente acatan un menú. Porque en la memoria me quedan tanto los mejores callos que he comido nunca, los de Pepe Rodríguez en El Bohío, como el sublime y cuidadísimo salmonete que probé en Casa Gerardo, hecho a baja temperatura. Y es que el paladar no entiende de aires ni de esferificaciones sino que lo único que realmente le importa es que cuando algo entra en la boca se genere una explosión tal que remueva todo tu cuerpo.

Todo esto viene porque el lunes pasado tuve una de las cenas más gloriosas que he tenido nunca, a pie de playa, en lo que fuera un chiringuito de un hermoso paraje y que ahora se ha convertido en el nido de un grande de la parrilla y los pescados, Abel.

Aquí no esperen encontrar carnes ni arroces, como bien avisa en su carta, sino que podrán disfrutar del mejor producto de la mar, directamente, sin aliños, sin acompañantes, tal cual, pero tratado de manera sublime. Para esto don Abel es un artista, se pasea por sus brasas mientras observa a los peces, los sube, les da la vuelta, los tapa con una campana, cada uno tiene su corte, su forma, su tiempo y sólo es su ojo y su experiencia el que le guían, ¡y a tan buen destino! A su lado oficia Luisa, su mujer, que se encarga de la cocina de la cual salen maravillas como la tarta de queso o el rico salpicón de bogavante.

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Escribo con emoción, como bien podrán notar, porque lo que empezó bien, terminó en un pedestal y cuando un simple pescado a la brasa consigue removerte el alma, sonreír y sorprenderte no se necesitan ni vajillas de lujo, ni música de ambiente, ni manteles de hilo, solamente alguien con quien compartir el momento ya que la diversión se verá multiplicada, y yo lo tenía. Tal vez fue eso, la frugal situación, el incomparable destino, la fantasía sensorial, pero ocurrió, y ya cuento las horas para que vuelva a repetirse.

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Aunque los panes bien podrían cambiarse, o cuidarse más para estar más tiernos por dentro y crujientes por fuera, no nos importó porque también había barritas de cereales y blancas ricas que acompañaron a la perfección al salpicón de bogavante (29€), de puro cefalópodo, que nos avisaron que sí o sí teníamos que probar, y rico que estaba.

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Luego llegaron unas almejas (ración 40€), abiertas tal cual, ligeramente ahumadas con una hoja de hierba luisa al centro, buenísimas, y eso que bien nos afirmaron que ahí tuvimos suerte.

sardina

No podíamos no pedir las sardinas (8€/2pax), hechas a la brasa, saladas en su interior para potenciar un sabor que de no ser así se queda plano como dice el cocinero: jugosas, con toda su grasa envolviéndolas, con un corte a la mitad, transversal y sin eviscerar. Para no parar de rechupetear y contrastar con una suave ensalada de tomate en el fondo del plato.

rey

Y como plato estrella, el pez de la casa, el Rey (40€/pax), un símil al cabracho, de carne blanca, con abundante grasa, que cocina ya porcionado y que hizo que cogiéramos incluso la parte de la cabeza con los dedos y nos la llevásemos directamente a la boca, para no dejar ni una gota de esa gelatina que sueltan esas partes y que tan llena de sabor a pez y a brasas está: fabuloso.

tarta

Para terminar, y un poco con miedo, quisimos probar la tarta de quesu Gamoneu (6,5€) que resultó estar de lo más equilibrada, entre granulosa y tierna, con un sutil sabor y un punto de azúcar clavado para no ser nada empalagosa, brillante.

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Todo ello lo bañamos con un más que correcto La Mar de Terras Gaudas (20€), idea del somellier que va cambiando las recomendaciones semanalmente para tener una rotación de la bodega; buena idea porque es un vino fácil que redondeó una velada más que perfecta.

equipo

Güeyu Mar

Playa de Vega, Ribadesella.

www.gueyumar.es

985 860 863

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