Panecillos de San Antón

Tras una pausa romántica por San Valentín, volvemos a la carga con nuestras aventuras por España, esta vez en Valladolid, donde hemos gozado de muchos placeres gastronómicos de los que será un placer hablaros.

PANECILLOS DE SAN ANTÓN

En este caso empezaremos por una delicia que nunca había probado, los Panecillos de San Antón (denominados también panecillos del santo) son unas pastas que se ofrecen en las pastelerías madrileñas (y de localidades de la zona) en fechas cercanas a la celebración de San Antonio Abad que se celebra el 17 de enero.

En realidad son pastas, pero su aspecto rudo  les hace asemejarse a panecillos. Desde el siglo XIX, son habituales en las romerías del Santo, denominadas las vueltas, es habitual verlos en en las vitrinas de las pastelerías madrileñas tras la Navidad, como dicta el proverbio “Hasta San Antón, Pascuas son“.

PASTELERÍA EN VALLADOLID

Su nombre se debe a que son los panes que comía el santo ermitaño durante su ayuno y los esfuerzos que hacía por evitar las tentaciones. Una de sus ventajas es que la poca humedad de la masa hace que puedan conservarse durante meses, su receta es secreta y dicta la leyenda que antaño la sacaban de la Iglesia y se llevase a una tahona y durante unas semanas elaborase los panecillos, finalizada la festividad del 17 de enero, la receta volvía a la Iglesia.

Son pastas de un aspecto seco que se presentan en bandejas, suelen ser redondas y de un tamaño que no llega a sobrepasar los diez centímetros. Se suelen estampar con un molde con una especie de cruz o  una campanilla del cenoita o un cerdo con una campanilla al cuello. Es frecuente que los panecillos no tengan ningún glaseado, pero se han popularizado versiones con diferentes sabores, adaptados a la variedad de sabores que los consumidores exigen actualmente.

También es habitual bendecir estos panes en algunas pastelerías, recordando su orígen religioso que no hay que ignorar cuando se degustan, ya que se está comiendo un pedacido de historia y de tradición, lo que hace que el acto de alimentarse trascienda hasta convertirse en un acto cultural.

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