L’Atelier Belge y una vuelta por Argüelles

Hoy en Madrid la mañana ha sido fría y gris. Había quedado a comer con mi marido y los chicos en un restaurante belga del barrio de Argüelles que nos habían recomendado.

Como llegué con casi media hora de adelanto al lugar de la cita (raro, rarísimo), decidí darme un paseo con calma por la zona.

Me ha llamado mucho la atención en primer lugar, la cantidad de locales de negocios que estaban cerrados y la pinta poco próspera de la mayoría de los que aún tenían actividad. El asunto de la crisis es muy serio y se va notando el deterioro de una forma alarmante. Tan sólo había una cierta alegría comercial en las calles principales del barrio, con sus tiendas de franquicia y el consabido Corte Inglés. En cuanto te adentras en zonas más alejadas de las calles Princesa, Alberto Alcocer o Marqués de Urquijo, las antaño cuidadas y burguesas (en el buen sentido de la palabra) calles del barrio de Argüelles están pasando muy deprisa a parecer sucursales del Bronx.

La otra cosa que no sólo me ha llamado la atención sino que me ha indignado y sacado de mis casillas es la cochinería reinante en la zona. Basuras esparcidas dentro y fuera de los cubos y, sobre todo, grafitis en cada hueco accesible de muro o chapa de puerta de garaje. No es de recibo la absoluta falta de educación de nuestra chavalería. Una pena.

 

 

 

 

 

 

 

 

Vamos a lo nuestro.

L’Atelier Belge es un reducto de Bruselas situado en pleno barrio de Argüelles (Calle Martín de los Heros, 36). En este bistrot el chef Étienne Bastaits nos deleita con especialidades de la cocina tradicional belga. No faltan los mejillones al vapor, las endivias gratinadas (con jamón de york y besamel), la carbonade flamande (guiso de carne preparada con cerveza, pan duro y mostaza, riquísimo) y, por supuesto, las patatas fritas acompañando casi todos los platos.

Es una cocina sin complicaciones que apuesta por los guisos bien elaborados sin mucho margen para florituras. Pedimos de entrada unas rilletes (especie de paté hecho con la papada del cerdo), una pequeña quiche, unas croquetas de quisquillas y, por supuesto, los famosos moules marinière. Todo muy rico, especialmente las croquetas suavemente sabrosas.

En cuanto a los platos principales me inclino por recomendar la raya con mantequilla negra y puré de patata. La raya, un pescado poco consumido en España, resulta delicioso así preparado. Los steak tartare están ricos aunque para mi gusto le sobran las patatas fritas.
La carbonade estaba también muy buena (yo prefiero que no sea de carrillera).

Ahora bien, la gracia de este restaurante, lo que le destaca del montón de buenos restaurantes de este tipo que abundan en Madrid, es su excelente carta de cervezas y los acertados consejos de Steve, sumiller megadiplomado, para acompañar la comida con las birras más adecuadas para cada plato. Si no se le para un poco en su entusiasmo por el tema, la peonza que agarras está garantizada.

El ambiente del restaurante, inmejorable. La decoración te transporta a un genuino bistrot de una Bruselas nostálgica con sus carteles de Tintín, el comisario Maigret o Jaques Brel. Entre los comensales, hay mesas ocupadas por extranjeros francoparlante, cosa que siempre da un voto de confianza al encargado de los fogones, y el resto, disfrutones hispánicos de la buena cocina.

El precio, razonable, si no te embalas con las cervezas. Ese peligro existe.

Una comida encantadora. Cuando salí del restaurante, ya no me pareció tan sucio el entorno ni tan gris el día de Madrid. La Duvel ayuda mucho.

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