Tirami-Su o la cortesía perdida

Esta mañana ha aparecido mi profe de chino con un tiramisú hecho por ella.

Sí. Recibo clases de chino desde hace ya algunos años, con no muy buen aprovechamiento por mi parte. Todo empezó cuando me enteré, en 2008, que Jose tenía que viajar a Hong Kong y Pekín por asuntos de trabajo y me podía acoplar al plan. Todo el mundo viaja a China sin saber chino ( y a Kenia sin saber suajili y a Barcelona sin saber catalán…) pero a mí me empezó a agobiar no tener ni la más remota idea del mandarín y decidí recibir unas clases antes del viaje que, por cierto, no me sirvieron para nada de nada.

Pasado el tiempo, en octubre de 2010, se abrió en Argüelles una academia de chino -Centro de Cultura Han- donde estoy asistiendo a clases desde hace año y medio y, poco a poco, me va entrando en la cocorota esta lengua tan complicada.

El estudio del mandarín es muy estimulante. Es difícil, porque tiene unas estructuras gramaticales muy distintas a las del castellano y una grafía endemoniada. Por otro lado, su escritura es elegante y artística y, debido precisamente a la falta de paralelismo entre el chino y el castellano, el aprendizaje del primero es una cuestión de puritita memoria. Otra ventaja, porque la memoria es una potencia del alma que no se puede dejar de estimular si no queremos que, con la edad, se ponga pocha del todo.

Pues bien, desde hace unos meses recibo clases de conversación en chino con una profesora que es amiga de Ignacio, el mayor de mis dos hijos.

Su-Bei es el nombre de la profesora, a la que todos llaman Su (en realidad Su es el apellido). Es una chica joven que se encuentra en España para realizar unos cursos de doctorado de filología española, carrera que ha estudiado en Pekín. Además de asistir a la Universidad como alumna, da clases de chino tanto en un colegio como a particulares.

Su es muy golosa y me comentó un día que siempre que puede cocina para sus amigos en Madrid. Estuvimos hablando de comida china, española… y me dijo que ella prefería la repostería francesa que la nuestra. ¡Eso sí que no!  le dije. ¿Qué has probado de repostería española?  Sin darle tiempo a reaccionar le empaqueté una porción de plancha de hojaldre del Horno de San Onofre, que me habían regalado unas amigas el día anterior y se lo hice llevar para que se fuera desdiciendo de su mal criterio de nuestros postres.

La semana siguiente se presentó en casa con un tupper de tiramisú que había hecho ella y que estaba estupendo. Por cierto, también alabó mucho el hojaldre que se llevó de casa y tuve que darle la referencia de la pastelería porque quería volverlo a comer.

Me hago una reflexión: ¿qué chica de veintipocos años española gasta su tiempo y sus ahorros en ofrecer a una señora de mediana edad (moi même), que además es su cliente, un postre o un regalo para lo cual deberá cargar con el mismo en el metro durante casi una hora? Es un ejemplo de cortesía y de atención que se ha perdido entre nuestros jóvenes.

 

 

 

 

 

 

 

Ah!, la receta de Su:

Para 4-6 personas:

2 huevos
250 gr de queso Mascarpone
bizcochos de soletilla
2 cucharadas soperas de azúcar
1 vaso de café fuerte
un poco de licor, opcional (la receta original es con amaretto pero vale whisky o cognac)
cacao puro en polvo

Se baten las claras a punto de nieve muy firme. Se baten muy bien las yemas con el mascarpone y con el azúcar. Se mezclan con cuidado las dos cremas.
En una fuente se pone una capa de los bizcochos mojados en el café mezclado con el licor, se cubre con la mitad de la crema. Se repite la operación con la otra mitad de los bizcochos y de la crema. Se espolvorea con el cacao en polvo y se mete en la nevera por lo menos 6 horas. Está mejor de un día para otro.

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