Pincho de tortilla y conversación

Uno de los días de este Puente de la Inmaculada, que en parte hemos pasado en Luarca, salí con mi hermana Pachi a hacer unos recados por el pueblo y a dar un paseo hasta el puerto.

Hacía un día precioso, de hecho, íbamos a cuerpo y ésa debe ser la causa del fantástico catarro que me adorna ahora. El pueblo estaba tranquilo, aún no habían tomado posesión de los bares los clientes del aperitivo y hacía ya un rato que se habían marchado los de los desayunos. En los pueblos, la vida se articula alrededor de bares y cafeterías.

Pues nos sentamos con calma en la terraza del Cambaral, que es mucho más que un bar para Luarca. Es el punto de reunión de tantos y de tantas veces. Situado estratégicamente enfrente de la iglesia y en la confluencia de los caminos que van hacia el puerto, la playa y Marchica, el Cambaral  ofrece desde hacer ya muchos años una extensa carta de pinchos y de raciones de estupenda calidad.

Un clásico es el pincho de tortilla. Me trae recuerdos de cuando lo tomábamos de niñas, Pachi y yo,  al pasar hacia casa a la vuelta de la playa. Rara vez nos resistíamos, aún a sabiendas de que nos esperaban en casa para comer y que ya llevábamos retraso más que de sobra.

El pincho de tortilla sigue estando buenísimo. Me imagino que las normas sanitarias han sustituido el huevo por huevina y las patatas asturianas ya no son lo que eran pero, a la hora que lo tomamos, la tortilla todavía estaba templadina y nos supo a gloria.

Tuvimos la buena suerte de que no nos molestó el teléfono (ni maridos, ni hijos, ni jefes se acordaron de nosotras en ese rato) y que tampoco apareció por la terraza del bar ningún amigo ni conocido.

Estuvimos charlando con calma de todo tipo de temas, con la confianza que da una buena relación familiar y personal. En mi familia, entre los hermanos existe una relación de amistad que hace que cuando surge un momento de intimidad (es difícil: somos muchos y hay mucho niño pequeño metiendo bulla normalmente) éste sea un verdadero placer.

Un consejo: agarra por los pelos cualquier ocasión de tener una buena y relajada conversación. Es la mejor cura anti-stress que conozco.

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