La Gabinoteca, además que un restaurante, un agradable lugar de encuentro

Hoy he tenido una mañana un poco ajetreada porque mi cochecillo me ha dejado tirada en mitad de la calle. Un tema del mando y la alarma que me hace a veces piruladas.

Yo había quedado con mi amiga Mar para lo que iba a ser un encuentro cultural: visitar la exposición de obras del Hermitage que se exhibe estos días en el Museo del Prado. Pues no: cambio de planes. Hemos acabado comiendo en La Gabinoteca. No ha sido un mal cambio, aunque nos queda pendiente ver la exposición.

El restaurante La Gabinoteca  (C/ Fernández de la Hoz, 53) es un lugar que trasmite “buen rollo”. Surgió hace sólo unos tres años, pero en sus fogones hay tradición culinaria de la buena, de toda la vida. Los hermanos Redruello son miembros de la familia que ha dado al horizonte gastronómico de Madrid sitios tan sólidos como La Ancha o Las Tortillas de Gabino.

Tres amigos - Nino y Santi Redruello y Hussi – han creado un espacio  agradable, moderno y divertido, donde tomar una excelente cocina en formato de tapas.

Se nota que La Gabinoteca es un negocio en el que se miman los detalles: desde la original decoración del restaurante, hasta la variada vajilla, la presentación de los platos, la  elección de las recetas… También se nota el esfuerzo que hacen camareros y personal de cocina para que el cliente se encuentre a gusto.

Hussi, está siempre al loro para que en la sala todo marche como la seda. Se ocupa de los clientes, les aconseja o tiene con ellos una agradable parrafada.

La comida está riquísima: una mezcla de recetas clásicas en pequeñas cantidades y tapas de diseño en las que se combinan variados sabores. Todo ello servido de una forma original y divertida.

Sara, la camarera que atendió nuestra mesa con profesionalidad y simpatía, nos indicó que tenían como platos del día lentejas con perdizjudías verdes rehogadascarrilleras  bacalao a la vizcaína. Todo ello, comida de siempre, pero en pequeñas raciones. Optamos por probar el bacalao, que estaba de muerte, con su tomate frito espeso y sabroso con una fritada de ajos, servido sobre una especie de verdura picante (¿una col?). Buenísimo.

Compartimos también una ensalada de cinco tomate, un papillot de setas y una tosta de corazones de vieira. Todo muy bien cocinado.

Nos llamó la atención el papel con el que se hacía el papillot de setas. Preguntamos y nos dijeron que se trataba de carta fata, un papel de licencia italiana, parecido al celofán, que se puede calentar hasta 230º y que está haciendo furor en restauración porque los alimentos con él cocinados mantienen todo el sabor. Las setas, servidas en este papel, con una yema de huevo dentro, estaban ricas, ricas.

De postre compartimos una crema de queso que está de morirse de buena. Yo me hubiera comido dos más, pero…

Con unas cervezas, pan y agua, salimos a unos 20 € por persona. No está nada mal.

Además, el restaurante está abierto todo el día. Sirve desayunos y aperitivos y ponen unas increíbles copas.

 

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