Restaurante La Pondala en Gijón

Estos días hemos estado viendo por la tele los partidos de la semifinal de la Copa Davis, que este año enfrentaba a España con Estados Unidos y que se ha jugado en la preciosa ciudad asturiana de Gijón.

El tiempo ha sido estupendo, el ambiente inmejorable y encima, España ha ganado la semifinal. ¿Qué más se puede pedir?

Pues esto me ha dado pie a hacer una entrada sobre el restaurante La Pondala, un clásico gijonés al que solemos acercarnos todos los veranos desde Luarca.

La Pondala está situado en el barrio residencial de Somió: un lugar que parece sacado de un libro de cuentos: preciosas residencias centenarias se mezclan con alguna casa contemporánea de diseño innovador, en un área tranquila y arbolada donde da gusto acercarse.

Este restaurante, que cuenta ya con más de 120 años de existencia, se sitúa en una casona de piedra muy agradable que tiene varios comedores, el mejor de ellos, sin duda, es una especie de terraza cubierta al aire libre desde donde se puede comer tranquilamente contemplando un agradable jardín y disfrutando -si hay suerte- de la clemencia del tiempo asturiano.

Este verano no ha sido una excepción y, aprovechando que nos acercábamos a Gijón para pasar un rato con mis tíos maternos: Coqui, Salva y Carmuca, a los que apenas vemos durante el año, nos dimos un homenaje y fuimos mi hermana Fernanda, Jesús, su marido, y yo a comer a La Pondala.

La carta de La pondala es muy extensa y el truco de su éxito es la utilización de una materia prima excepcional, una cocina sencilla pero segura y la tranquilidad del entorno.

 

 

 

 

 

 

 

Entre los platos más emblemáticos no faltan las asturianadas como las fabes con almejas, la fabada, el arroz con pollo o los diversos cortes de carne asturiana de excelente calidad.

Nosotros somos de piñón fijo y solemos encargar siempre un roast-beef que está de muerte, en su punto justo de asado, su salsina y su pure de patata natural gratinado. Una delicia.

Este año, además del consabido roast-beef, tomamos unas croquetas de entrada, que se deshacían en la boca, y un salpicón de bogavante que ponía los pelos de punta.

Nos quedamos con ganas de probar la marmita de bonito, pero como dicen por allí “puede más el güeyu que el butiellu” o lo que es lo mismo, tendemos a comer con los ojos, sobreestimando nuestra capacidad estomacal…

De todas formas, dejamos hueco para disfrutar de una delgadísima y riquísima tarta de manzana también especialidad de la casa.

Todos estos manjares, regados con un Mauro -un estupendo Ribera de Duero que, como buen Vallisoletano, nos eligió Jesús- nos dejaron listos para dar un paseo por Somió y para acercarnos con un excelente humor a ver a la familia.

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