Trattoria Da Pietro en Bolonia

Spaghetti

 

 

 

 

 

 

Bolonia queda lejísimos de España y, sin embargo, está mucho mejor comunicada con Madrid o Barcelona que muchas ciudades y pueblos nacionales. Gracias a que hay infinidad de vuelos low cost que enlazan el Aeropuerto Marconi con Barajas o El Prat, podemos llegar a Bolonia en poco más de dos horas y disfrutar de una de las ciudades más bonitas y vivas del norte de Italia.

Bolonia es básicamente una ciudad universitaria y la vidilla que dan los muchos jóvenes que intentan desasnarse allí, hacen del casco viejo de Bolonia, un lugar plagado de bares,  tavola calda y trattorias.

A la hora del aperitivo  el centro de Bolonia está animadísimo. En Italia se llama aperitivo a  las cosas de picar que ponen los bares y sitios de copas a la hora, más o menos, de lo que sería nuestra merienda. Y por cosas de picar se entiende allí desde los cacahuetes tostados a la mortadella, los raviolis, las alitas de pollo, pasta o pequeñas porciones de pizza. Todo lo que pueda quitar el hambre de los bebedores y así evitar desgracias mayores que suceden cuando se bebe con el estómago vacío. La consumición sale un poco más cara que si se toma a otra hora del día, pero, si el sitio en el que se consume tiene un buen repertorio de aperitivos y se llega a la hora adecuada, uno puede ahorrarse el trámite -y el gasto- de la cena.

Un restaurante que a mí me gusta mucho de Bolonia es la Trattoria Da Pietro, un pequeño local situado en el mismísimo centro (Via de’ Falegnami, 18/A, Bologna) y que está siempre hasta la bandera. Los italianos hacen cola pacientemente para comer en este tradicional restaurante, especializado en cocina regional y productos como son los buenos cortes de  carne a la brasa, el stinco di maiale (codillo de jabalí) o la famosa cotoletta alla bolognesa (filetes de ternera empanados y metidos al horno con jamón, queso y trufa). Por supuesto, en Da Pietro tienen un maravilloso surtido de pasta elaborada por ellos y cocinada al dente con exquisitas salsas o acompañamientos.

Las raciones son abundantes pero, si queda hueco en el estómago, los postres caseros están también muy buenos. En este último viaje, hemos acabado la comida con un aromático spresso y un limoncello bastante regulín.

Como el vino de la casa resulta muy peleón, es preferible estirarse un poco y dejarse aconsejar por el camarero para elegir un vino de la extensa carta, que los tiene muy buenos y no muy caros.

El restaurante está bien de precio, se come muy bien y el ambiente es muy italiano, tanto entre los clientes -la mayoría, locales- como en el trajinar y gesticular de los los camareros -a veces un poco confianzudos de más- que no paran un momento de arriba a abajo de la escalera que une los tres comedores. Todo un espectáculo.

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