Pelador de tomates. Un utensilio de cocina sencillo y útil

 

 

Pelatomates

 

 

En cocina, como en toda ciencia, aunque yo diría mejor, como en todo arte, no se nos vayan a ofender los científicos de verdad, se utilizan, además de las materias primas, un determinado número de herramientas. Yo no soy muy aficionada a tener muchos cacharritos y utensilios de cocina por medio, porque al final, abultan un montón y prefiero, en la medida de lo posible simplificar los procesos y aligerar las encimeras de bártulos.

Sólo le encuentro una pega a mi anterior afirmación: Que me gusta muchísimo darme una vuelta por las secciones de cocina en grandes almacenes o por las tiendas especializadas “del ramo”, como se decía antes. Existe tal cantidad de cachivaches, útiles o no, y sacan tal cantidad de productos a la venta cada nada de tiempo, que tengo que  frenarme para no llegar a casa cargada con instrumentos específicos varios, porque si una se deja llevar por lo atractivo de la mercancía, acaba con los cajones de la cocina llenos de trastos que no se usan más que una vez cada dos o tres años.

Hoy, dando una vuelta por el Corte Inglés -sección cocina, claro-, me he encontrado con cosas tan peregrinas como un palillo metálico comprobador del punto de los bizcochos (yo uso un cuchillo o un palito de brochetas de los chinos), con una maquinita para cortar en rodajas las cebollas (yo uso un cuchillo normal y corriente), con un picador de ajos (yo uso un cuchillo normal y corriente) con un mondador de ajos (yo uso un cuchillo grandote o la palma de la mano), un cortador de piñas (yo uso un cuchillo normal y corriente), así como seis o siete tipos de espátulas, otros tantos tipos de moldes de silicona y otro montón instrumentos más o menos estrambóticos.

No es que no crea que la herramienta no sea  importante. Al contrario y, como suelo decir a mis hijos cuando me cogen mis herramientas -de cocina, de despacho, de costura… sin devolverlas a su sitio original en perfectas condiciones de uso: “La herramienta no se presta“. Ésta ha sido  una máxima de oro entre los artesanos de todos los gremios y todos los tiempos, que sabían que el buen resultado de sus oficios dependía, tanto de su pericia personal, como de la buena condición en que se encontraran sus herramientas de trabajo.

Pues bien, todo este rollo era para justificar que, en contra de mis principios en los que suele prevalecer la simplicidad a la parafernalia culinaria, no hace mucho, compré un pelador de tomates -o pela tomates- y estoy encantada de haberlo hecho. Es barato, no ocupa nada de sitio y es útil. Muy útil.

En la casa de mi niñez, como en casi todas, se tomaba mucho la típica ensalada de tomate y lechuga. Ni que decir tiene que los tomates iban lavaditos y sin pelar. Como para pelar los tomates de las diez persona que nos solíamos sentar a la mesa y que comíamos como descosidos.

Cuando yo tuve mi familia, continué poniendo los tomates, cortados pero sin pelar, en las ensaladas. Tan sólo, de vez en cuando, los pelaba como la gran cosa y  debo recococer que estaban muchísimo mas ricas las ensaladas si los tomates iban bien peladitos, aunque era un engorro adicional el tener que pelarlos a última hora. Hasta que un día mi amiga Rosa me contó que ella tenía un pela tomates y que era estupendo, así que me acerqué al Corte Inglés y, por tan sólo unos 8€, me hice con del dichoso instrumento. Debo decir que es un utensilio la mar de útil y eficaz -si no tienes cuidado al usarlo, sus dentadas hojas pueden pelarte parte de la huella dactilar- y que desde entonces, no me da nada de pereza pelar los tomates en un momento para hacer las ensaladas. También pela sin problema cualquier fruta o verdura de piel fina -ciruelas, melocotones, mango, calabacín…). Es como el pela patatas tradicional pero con la hoja dentada, que apura mucho mejor.

Vamos, que para ser reacia a los aparatitos, ¡menuda propaganda que os estoy haciendo de este cachivache!

Que merece la pena, de verdad.

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